Europa anda como con mala cara, color enfermizo, pulso alterado. No tiene buen aspecto, la pobre, y parece que tarde o temprano tendrá que hacerse un tratamiento de urgencia para no acabar en la tumba. O quizá algunos piensen que el problema de Europa es una obesidad mórbida que no tiene más cura que la cirugía tras casi 25 años acumulando grasas malas y colesteroles peores aún. ¿Dónde está la sana y musculosa Europa de entonces, la atlética Europa tan sobrada de energía que podía cargar a sus espaldas con lo que hiciera falta?.Primero imaginó que no era problema, pues iba sobrada de fuerzas como para llevar en brazos a la meta a los que estaban en peor forma física, pues además de fornida era generosa. A mitad de camino entre la salida y la meta, empezó a pensar que quizá no tuviera tantas fuerzas como se había imaginado y se planteó que hubiera una carrera de dos velocidades, los que llegaban frescos a la meta y los que ya no le parecía lógico llevar en brazos hasta la misma.
Además los que andaban por mitad de la pista cuando ya hacía un rato que estaba sentada en la meta recuperando el aliento, en realidad habían dejado de andar y esperaban sentados a que volviera sobre sus pasos para recogerlos y llevarlos en sus amorosos brazos hasta la meta. Aunque les mandase toneladas de glucosa y de bebidas energéticas, se limitaban a ingerirlo todo y tumbarse a hacer la digestión a continuación. El crono del equipo se iba deteriorando a medida que pasaba el tiempo y aquellos no avanzaban a la espera de ser recogidos.
Y en eso apareció una multitud de aficionados que pidieron participar en la carrera, a lo que Europa dijo que sí, convencida de que si empujaban los recién incorporados, los que estaban sentados en medio de la pista se moverían de una vez para llegar a la meta. Pero no sucedió así, mientras los que estaban en la pista esperando a que los recogieran ya habían arruinado los datos de la carrera, los nuevos apenas parecían dispuestos a moverse un metro más allá de la salida, esperando a su vez que a ellos también los llevasen en volandas sin tener que mover las piernas.
Y no sucedió lo que esperaba la deportiva Europa, pues los que estaban sentados en mitad de la pista pensaron que si los otros hacían lo mismo que ellos, ellos dejarían de ser los últimos por haber otros detrás y, sin moverse, el efecto sería que iban mejor que los otros. Decidieron pues entre todos que lo mejor era olvidarse del cronómetro y ponerse a hablar de las medallas. Así concluyeron que la medalla de oro debía ser compartida entre los que llevaban ya varios días esperando en la meta y los que desde mitad de la pista miraban somnolientos entre dosis de glucosa y lentas digestiones de la misma.
Algunos de los nuevos corredores fueron andando sin esforzarse demasiado y hasta lograron pasar a los que dormitaban en medio de la pista, pero otros optaron por unirse al grupo de contemplativos para ponerse a analizar el diseño que debería tener la medalla de oro que correspondería a los ganadores de la carrera. El centro de la pista para entonces ya estaba repleto de una multitud de corredores sentados pidiendo glucosa también para ellos y esperando que les viniese a recoger la fornida Europa para que les llevase hasta la meta aunque fuera a rastras.
Para cuando llegó el momento de subir al podio, los que llevaban ya 20 años apalancados pidieron poder subir al mismo junto con la atlética Europa para compartir la medalla de oro con ésta pues razonaban que al igual que en un ejército de reino de opereta se podía ascender por antigüedad y llegar de trompeta a general de carambola y por puro apalancamiento. Europa, impaciente por recoger la medalla de una vez no puso objeción alguna, así que los que llevaban más tiempo sentados en medio de la pista se salieron de ella para cruzar por el centro del estadio hasta la zona donde estaba el podio de los ganadores.
Cuando llegaron al podio, comprobaron que no había espacio en el mismo para ellos, que ni habían cruzado aún la meta, pero optaron por ponerse a los pies del mismo delante de los de la medalla de oro para hacerse la foto. Hasta la pidieron prestada para inmortalizarse sujetando entre todos la misma, como si fuera suya. Pasado el turno de fotos, desandaron el camino hasta el sitio del que habían venido y se sentaron de nuevo para contarles a los que acababan de unirse al grupo lo bien que lo habían pasado estando entre los ganadores. Ya no había corredores de primera, segunda o tercera velocidad, ahora había sólo medallistas dignos del oro y aspirantes a serlo hablando alegremente en medio de la pista.
Alguno entre los recién llegados hasta se mostró en desacuerdo con la carrera, argumentando que en realidad ellos eran contrarios al evento y que lo mejor sería suspenderlo, pero eso sí, no sin antes darles sus raciones de glucosa y de bebidas energéticas a las que sin duda tenían tanto derecho como el que más. La ya a esas alturas agotada Europa empezaba a darse cuenta de que aquellos presuntos corredores no estaban dispuestos a moverse de su amistosa sentada y amena charla ociosa, con lo que empezó a mosquearse pensando que alguien le había tomado el pelo. Ahora decían que con tanta glucosas habían acabado empachados y que no se sentían capaces de moverse hasta haber metabolizado todo aquel exceso alimentario.
Así que la desfondada Europa convocó a un comité de sabios que aportó una sabia decisión, había que empezar de nuevo desde cero la carrera y refundar la competición como si nada hubiese pasado. Europa, seria y circunspecta miró el documento, no dijo nada pero alguno sospechó lo que podía estar pensando. Tras el Tratado de París, los Tratados de Roma, el de Amsterdam, el de Maastricht, el de Niza y el de Lisboa, a la ya muy mosqueada Europa se le estaba pasando por la cabeza el tratado que lo dejase todo en su sitio: el Tratado de San Martín.

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